Girón, la victoria: El cielo se tiñó de rojo (Parte I)

La victoria de 1959 exacerbó en demasía al gobierno estadounidense. Cada intento de aniquilación de la pequeña Isla reacia a dejar caer su espada, solo evidenció la frustración que carcomía su estirpe de supremacía. A casi un siglo del momento en que Carlos Manuel de Céspedes liberara a sus esclavos y los convidara a la lucha, y tras una enrevesada trayectoria de altibajos coloniales y neocoloniales, la mayor de las Antillas estaba a punto de protagonizar uno de los mayores hitos bélicos de su historia.

15 días se le escapaban a abril de 1961. Sumida en la ingenuidad, la madrugada yacía tranquila aguardando su cíclico deceso. Poco a poco las estrellas apagaban su luz y se cubría el firmamento de un zafiro intenso. La cercana llegada de las seis de la mañana prometía un tranquilo día en el país. Sin embargo, las bases aéreas de San Antonio de los Baños, Ciudad Libertad y Santiago de Cuba vivirían una experiencia completamente distinta.

Ocho aviones B-26 provenientes de Puerto Cabezas, Nicaragua arribaron a Cuba y dividieron sus escuadrillas Puma, Linda y Gorila en tres puntos de la nación caribeña. Puma, con tres aeronaves atacaría Ciudad Libertad, Linda a San Antonio de los Baños y la formación Gorila al aeropuerto de Santiago de Cuba. Descaradamente camuflados con insignias de la fuerza aérea cubana, sus intereses de crear falsas ideas de deserción y contrarrevolución interna, provocar terror en la población, liquidar los escasos aviones y pilotos revolucionarios de la Isla y condicionar su posterior invasión mercenaria al país, fueron los alicientes con los que su maldad desgarró el azul de nuestro cielo, que entre explosiones, llamaradas y dolor, se tiñó de sangre.

El perjuicio llegó en San Antonio de los Baños a un C-46 de transporte y un T-33 y en Santiago de Cuba al avión ejecutivo en que se movía el entonces Comandante y Ministro de las FAR, Raúl Castro Ruz, pero la respuesta de la Isla no se hizo esperar. A pesar de su falta de experiencia, la artillería cubana enfrentó con firmeza los ataques logrando el derribo del Puma II con la muerte de sus tripulantes Daniel Fernández Mon y Gastón Pérez, mientras que el Puma I, a pesar de recibir impactos en su motor derecho, consiguió abandonar la zona de combate y realizó un aterrizaje de emergencia en la estación aeronaval de Boca Chica, en Cayo Hueso, Florida, al igual que otro de los bombarderos, que tuvo que efectuó semejante maniobra en la isla Gran Caimán. Solo cinco de aquellos B-26 pudieron regresar a Nicaragua, pero la ofensiva costó siete vidas y cincuenta y tres personas resultaron heridas.

Cinco letras rojizas quedaron grabadas. Con apenas 25 años, la juventud despedía al miliciano Eduardo García Delgado. La heroicidad de sus actos y de los de sus hermanos caídos quedó por siempre perpetuada en esa palabra, ese nombre, ese Fidel que tanto simbolismo encierra. El letargo eterno lo reclamaba y con su propia sangre la escribió. Sucumbió firme ante el destino y la historia se ocupó de inmortalizar su hazaña.

Esa misma mañana la máscara del gigante de las siete leguas cayó cuando el entonces representante cubano de la Organización de Naciones Unidas, Raúl Roa García denunció públicamente los bombardeos a los aeropuertos cubanos procedentes de Estados Unidos u otros lacayos del gobierno norteño. Adlai Stevenson, entonces embajador estadounidense ante la ONU, rechazó las declaraciones de Roa arguyendo que los atacantes eran pilotos cubanos sublevados y mostró fotografías y declaraciones que supuestamente refutaban lo planteado por el diplomático cubano, solo para demostrar su ignorancia al leer sin saber que todo era una farsa de su gobierno para encubrir su participación en las operaciones militares que se desataban en la Isla antillana.

El 16 de abril de 1961 un océano de milicianos armados con el Comandante Fidel Castro Ruz a la cabeza protagonizaba el sepelio de las víctimas de los bombardeos. El dolor eterno de sus pérdidas pervive irreparable, mas esta jornada sería esencial para el futuro de la nación que se construía. Congregados en la céntrica esquina de 23 y 12 de la capitalina barriada del Vedado, en alto los fusiles y las voces, el líder histórico proclamó al mundo el carácter socialista de la Revolución cubana, como merecido homenaje a todos los caídos por ella y con el llamado de alerta a los compatriotas unidos para defenderla.

Aquel preludio del 15 de abril de 1961 tiñeron de sangre el cielo revolucionario. El dolor consumió a los caídos y desgarró el alma de sus compañeros. Pero la pertinaz prepotencia del gobierno de los Estados Unidos aún desconocía el poder de la Isla pequeña pero indomable que le hacía frente. El juramento que ponderaban los revolucionarios materializaría su esencia en las posteriores jornadas y el peso de la ignorancia caería sobre los hombros enemigos

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