La Revolución y nosotros

La Revolución cumple 65 años y yo con ella, aunque con una diferencia a su favor: mientras yo envejezco inexorablemente por ley de la vida, justo en el año ideal para que me jubile ella podría estarse renovando de nuevo. Así sea.

Siempre hemos tenido una linda relación la Revolución y yo. Quizás porque nacimos en el mismo año, o porque le debo más de la mitad de lo que soy, trato de entenderla y explicarla a quienes un día la quisieron con la misma pasión y ahora reniegan de ella, “porque les ha pagado mal”.

No acepto la frase. Suena egoísta, además de irracional y absurda. La Revolución no es otra cosa que nosotros mismos. Mejor o peor la hacemos cada uno y todos al mismo tiempo. Sus errores son nuestros errores, como sus éxitos nos pertenecen. Hablo, por supuesto, de quienes creemos en ella y la defendemos a ultranza, a veces sin otro argumento que esa fe.

No incluyo en ese “nos” a quienes nunca la quisieron y se matan por matarla, pero no han podido ni podrían por aquello que dijo Fidel en su discurso de la universidad el Día del Estudiante de 2005, en cuanto a que solo los revolucionarios podríamos matar la Revolución.

Comprender su alerta no es tan simple, aunque lo parezca. En mi opinión, se trata de dejar de ver los problemas de la Revolución como un asunto de otros que, en nombre de nuestra condición de revolucionarios, abusamos del deber (y muchas veces del placer) de criticar tomando distancia.

“La culpa, la maldita culpa”, por lo regular, tiene nombre y apellidos y, por supuesto, circunstancias que la alivian o la agravan. Lo terrible es que nos concentremos en juzgar y pedir castigo para culpables sin nombres ni apellidos, cuando lo que urge es rectificar, crear, avanzar.

El problema es esa crítica en abstracto que hace sentir a todos un poco culpables, pero también paraliza por miedo a otro error. A la Revolución la maltratamos un poco todos al dejar hacer y dejar de hacer lo que podríamos.

En La Edad de Oro hay dos ideas que Martí escribió para los niños. Dice Martí que “las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar. Se es bueno porque sí, y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien o se ha dicho algo útil a los demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil”.

Y también dice: “Los niños debían echarse a llorar, cuando ha pasado el día sin que aprendan algo nuevo, sin que sirvan de algo”. Los adultos, también, y los revolucionarios, doblemente.

Este lunes empieza otro año desafiante para la Revolución, aunque, de tanto decirla, le hayamos quitado significado a la palabra desafío. Volverá el ensayo a moverse entre el error y el acierto y volverán los que disfrutan oírse diciendo “lo sabía” o “lo dije”. Pero rectificar no está prohibido. Es parte del desafío.

Cuando repaso las noticias del día, pienso en la suerte de la Revolución cubana, que es dueña de la incertidumbre, pero también de la receta que aplica, en un clima de paz que añoran en otras partes del mundo.

Me duele entonces el juicio irracional contra todo lo que se decide o se explica. Como si se ignoraran los cercos y las trampas que debe sortear el Estado (que no es la Revolución, pero la representa) para escoger el camino.

En eso me piden que escriba sobre los 65 años de la Revolución y pienso que en breve yo tendré igual edad. En ese instante, la Revolución se corporiza, me duele lo que le duele y me entusiasma lo que la energiza.

Aunque entramos a un año en el que quizás yo me jubile y ella podría estar naciendo de nuevo. Dependerá de cada uno y de todos que el parto sea exitoso. Ella no es eso que pasa al margen de lo que hacemos; ella es lo que somos y lo que hacemos. Brindo por mi contemporánea en la hora de su necesario renacimiento.

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