Confieren Premio Nacional de Historia 2022 al intelectual matancero Urbano Martínez Carmenate

La Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC) dio a conocer hoy en conferencia de prensa en La Habana que por decisión unánime del jurado el Premio Nacional de Historia 2022 lo mereció Urbano Martínez Carmenate, destacado estudioso matancero.

De acuerdo al comunicado emitido por la organización el reconocimiento responde a la significativa contribución a la historiografía cubana de Martínez Carmenate, quien se desempeña como profesor titular adjunto de la Universidad de Matanzas e investigador auxiliar en el Museo Provincial de dicha ciudad.

El documento resalta la especialización del autor en el género de la biografía, a través del cual profundiza en las dimensiones humanas y la vida y obra de personalidades como Bonifacio Byrne, Carilda Oliver y Alejo Carpentier, entre otros.

Francisca López Civeira, ganadora del Premio Nacional de Historia en 2008 y miembro del jurado de esa distinción, calificó de extraordinaria la obra del ganador en esta edición, seleccionado entre las nueve propuestas finalistas por su defensa de los valores identitarios de la nación y el rescate de elementos de la historia local en la Atenas de Cuba.

Jorge Luis Aneiros Alonso, presidente de la UNHIC, señaló que el diploma acreditativo será entregado en la clausura del XXIV Congreso Nacional de Historia, a celebrarse en la provincia de Pinar del Río del 21 al 23 de abril próximos.

Dicho evento se pospuso el pasado año debido a la pandemia de la COVID-19 y asume en esta ocasión el lema La Revolución cubana: socialismo, antiimperialismo e independencia nacional, y contará con 80 ponencias sobre estas temáticas, acotó.

Fabio Fernández Batista, vicepresidente primero de la UNHIC, explicó que los premios de la crítica, que tradicionalmente se otorgan en la misma ceremonia que el de Historia, se entregarán el venidero mes de junio en aras de ampliar el plazo para la recepción de más trabajos.

El Premio Nacional de Historia fue instituido en 1997 y constituye el más alto reconocimiento a los historiadores cubanos por sus resultados relevantes en la investigación, la docencia, la actividad patrimonial, la archivística y la bibliotecología.

Desde las redes

Al escritor, investigador y biógrafo Urbano Martínez Carmenate le confirieron el Premio Nacional de Historia 2022, convirtiéndose así en el primer matancero en alcanzar este alto reconocimiento.

La noticia invade las redes sociales y enorgullece a la intelectualidad y a los habitantes de esta tierra de poetas y literatos que dan muestras de satisfacción.

La presidenta de la filial matancera de la UNHIC, Juana Ortiz, expresó que el Premio llega en el año del aniversario 40 de la organización en la provincia, de la cual el biógrafo es fundador, mientras que el periodista y narrador Norge Céspedes, comentó en Facebook que próximamente saldrá el libro Todo lo demás es humo,  por Ediciones Matanzas, con entrevistas a escritores del territorio, entre los que se encuentra y cito: «mi amigo Martínez Carmenate».

Con la alegría de la buena noticia compartimos la entrevista realizada por Céspedes al destacado historiador matancero bajo el título Urbano Martínez Carmenate: «El biógrafo debe encontrar el ángulo justo de la pasión», publicada en 2020 en  Cubaliteraria:

Urbano Martínez Carmenate (Cárdenas, 1953) es, sin dudas, uno de los más importantes biógrafos de la Isla. Durante más de cuatro décadas de quehacer, ha develado los entresijos existenciales de cerca de una decena de escritores cubanos. Se siente más a gusto en el estudio de aquellos que vivieron en el siglo XIX. De esa época ha hecho biografías de José Jacinto Milanés, Domingo del Monte, Bonifacio Byrne, Nicolás Heredia… y ahora mismo prepara la del narrador colombiano-cubano Félix Tanco Bosmeniel. Pero ha estudiado asimismo a personalidades más contemporáneas como Carilda Oliver Labra y —en libro ya concluido y editado pero aún por imprimir— Alejo Carpentier. También historiador con una producción concentrada en el devenir de la ciudad de Matanzas, donde reside, donde se le dedicó la Feria del Libro 2020. Tiene publicados unos veinte títulos, entre biografías, ensayos, monografías y hasta un poemario y un cuaderno de narraciones, y ha recibido significativos premios y reconocimientos en el país

Ediciones Matanzas tiene lista para impresión tu biografía Carpentier, la otra novela, que ganó mención en el Premio Casa de las Américas. Comentaste que su título hace referencia a las estrategias de este escritor para «fabular» o, más bien, reacomodar a su conveniencia la crónica de su vida…

La vida de Carpentier es muy novelable, no solo por las múltiples peripecias vividas  en múltiples lugares del mundo —sobre todo en Cuba, Francia y Venezuela, los tres países donde más tiempo permaneció—, sino también por haber estado en el vórtice de significativos acontecimientos culturales y políticos del siglo XX: la lucha antimachadista en La Habana, el movimiento surrealista en París, el Congreso de intelectuales antifascistas en España, la Revolución Cubana de 1959 y el desarrollo de la nueva narrativa latinoamericana, entre otros. Su vida determinó buena parte de esa complejidad argumental (hablando en términos biográficos), pero Alejo, a la vez, iba a contribuir bastante al trasfondo mítico de su existencia. Por eso titulé mi obra así: Carpentier, la otra novela.

Dentro de la complejidad de su mundo, a él le preocupaban bastante ciertas circunstancias. Se sabía dueño de un sitio privilegiado en la historia de nuestra cultura e intentaba protegerse de presumibles ataques en lo personal. Padecía de complejos extremos: defendió a ultranza su nacimiento en La Habana; nunca admitió ser hijo natural ni explicó con certeza los motivos del padre para abandonarlo aún adolescente, tragedia familiar con un impacto grande en el hijo y en la madre. En la medida en que crecía su compromiso con la naciente revolución en su país, crecía también el temor a que se conocieran algunas «debilidades» anteriores: su pertenencia a la facción cubana del ABC, su no manifiesta identificación con la guerrilla cubana en la Sierra Maestra mientras no se produjo el triunfo de 1959, por ejemplo.

En muchos de estos asuntos, fabulaba para defenderse: las declaraciones suyas de hoy no siempre se correspondían con las de mañana. Para el biógrafo esto crea una seria dificultad, más aun cuando no quedan parientes ni contemporáneos que puedan —o quieran— testimoniar al respecto. No todos los sucesos pueden ser verificables mediante documentos; de manera que, ante tal maraña de confesiones cambiantes, el investigador tiene que hallar soluciones. Mi método consistió en llevarlo a él mismo a una confrontación constante: redacté muchas notas en las cuales lo emplazaba sobre ciertas informaciones imprecisas o contradictorias suyas sobre un mismo hecho. El lector dispone de los mismos argumentos que yo para juzgar; la verdad no queda definida sino abierta a consideraciones diversas.

También enfrentaste situaciones complejas mientras hiciste la biografía de Carilda Oliver Labra. ¿Es una «misión imposible» preparar una biografía cuando pueden incidir en la labor del investigador el propio biografiado o su familia u otros factores?

El caso de Carilda Oliver Labra fue muy distinto. Hay cierto parentesco con el de Carpentier en lo concerniente al grado de fabulación, pero ella sí contribuyó bastante y con un alto grado de generosidad a la biografía suya que yo elaboré. Su ayuda resultó decisiva: me entregó todos los documentos de su archivo personal, indicó nombres y direcciones de testigos importantes (incluidas las amigas de la juventud y hasta ciertas personas hostiles a ella), facilitó el contacto con sus hermanos…; en fin, pude contar con su buena voluntad.

El problema se presentó cuando yo redacté sobre la base de lo que ella me confesó. En ocasiones me dijo: «Tienes razón, es así; pero no quiero que se ponga eso». Como había tomado parte muy activa en la recopilación de las informaciones, se creía con derecho a participar de las conclusiones. «Es mi vida», argumentaba. Varias veces le aclaré que la vida le pertenecía a ella, pero la biografía era propiedad del biógrafo; si aspiraba a decir cosas, lo lógico es que escribiera su autobiografía. No era válido confundir los términos. De hecho siempre mantuve el principio de que si a ella le disgustaba algo, yo lo eliminaría porque había concebido el libro con el propósito de enaltecerla. Al final suprimí alrededor de treinta páginas para complacerla y, como prometí, el volumen vio la luz con su total consentimiento.

En fin, no considero que sea misión imposible escribir una biografía cuando el biografiado o su representante pueden influir en el texto de alguna manera, pero la labor sí se torna más difícil, a veces ingrata. Biografiar es tarea que requiere de amplia subjetividad, como sucede con el ensayo. No se trata solamente de reunir datos para seguir el curso de las peripecias vitales; hay que sopesar, discriminar, sintetizar, orientarse a veces por el juicio personal. No siempre todas las fuentes de información poseen legitimidad. Entonces el criterio del biógrafo es sustancial. No ocurre así con la autobiografía, por algo son géneros muy distintos.

Estas dos biografías transcurren en el siglo XX, también la de Lorca… Pero has trabajado más el siglo XIX. ¿Una estrategia para evitar conflictos que podrías enfrentar si te lanzaras a fondo hacia personalidades contemporáneas?

No es una estrategia, sino preferencia. Dentro de la historia y la cultura universales me fascinan la Edad Media y el siglo XVIII, pero en el terreno cubano me inclino por la etapa colonial: desde el siglo XVI hasta el XIX. No quiere decir que rechace el XX, de lo contrario no hubiese penetrado en sus predios; pero no es mi ámbito de comodidad, no lo niego.

De igual manera prefiero las vidas de los poetas, lo cual no fue obstáculo para que me haya ocupado de narradores como Nicolás Heredia o Alejo Carpentier, o de alguien tan apasionante como Domingo del Monte, que fue poeta, crítico, animador de la cultura…

Sé que te graduaste de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de La Habana, pero ¿en qué momento exacto, por qué, decides convertirte en biógrafo?

Siempre fui apasionado lector de biografías, desde la infancia. Sin embargo, nunca me propuse ser biógrafo. Desde niño hacía versos, escribía cuentos… En mi época juvenil me propuse estudiar literatura en la Universidad con la esperanza de formarme como escritor, siempre pensando en cultivar la poesía y la narrativa, géneros de los que había dado a conocer algunos textos en publicaciones locales. Durante mis estudios, en algún momento manifesté cierta inclinación por el ensayo, pero nunca pensé en hacer biografías. A este género llego por una circunstancia laboral. Cuando me estreno como investigador en el Museo Provincial Palacio de Junco se hacía preciso abordar temas históricos, pues era esa la especialidad de la institución y entonces consideré que lo que más se aproximaba a la literatura era la biografía de un escritor. Existía un nutrido fondo documental de Byrne y me pareció oportuna la tarea. Debo confesar que el trabajo me apasionó desde los inicios y mucho más cuando avanzaba. Me dediqué a eso dos años. En 1983 presenté los resultados en el Encuentro Nacional de Investigadores del Patrimonio Cultural y obtuve el primer premio. Dos años más tarde lo presenté en el concurso de historia Primero de Enero y conseguí el primer premio en biografía. El éxito me impulsó a continuar con el género.

Has dicho que el proceso de escritura de tus biografías te «desangra»…

En sentido general, a mí la escritura siempre me desangra, porque se me vuelve una encarnizada batalla por varias razones, quizás las principales sean: 1-conseguir la precisión lexical; 2-encontrar la más lógica estructuración del párrafo; 3-la búsqueda de una cierta originalidad expresiva. Yo me siento más cómodo y feliz en el ensayo (primera vez, creo, que declaro semejante cosa: no pienso haberlo dicho antes). Se trata de un género totalmente libre en sus rumbos formales e ideológicos, en el cual el escritor goza de una casi absoluta libertad creadora. Al menos yo lo percibo así: puedo moverme hacia un lado o hacia otro voluntariamente, hacer malabares con el lenguaje, divertirme a la vez que no dejo de pensar con la mayor profundidad, sin sufrir ataduras de ninguna clase; y si hablo de diversión es porque puedo jugar a mi antojo con las ideas y con las palabras, lanzando el aguijón de las metáforas sin medir demasiado las direcciones opuestas.

La biografía es asunto muy diferente, más engorroso. Esto no significa que rechace el género, al contrario; solo trato de responder tu pregunta. Es labor que me desangra. Desde que selecciono el personaje comienza en mí una batalla interior muy fuerte. Pienso mucho en él, trato de tornarlo familiar, exploro sus maneras, sus mañas y no ceso de estudiarlo y enfocarlo desde distintos puntos de vista. Me propongo humanizarlo desde la distancia, comprenderlo, y para hacerlo bien le coloco zancadillas, le formulo acusaciones, lo condeno y lo absuelvo cuantas veces juzgo necesario. Todo esto es preciso para identificarlo y, de alguna manera, para algo que es fundamental: el biógrafo debe encontrar el ángulo justo de la pasión. De modo que primero me desangro yo; después habrá tiempo suficiente para desangrarlo a él, sobre la base de un distanciamiento también justo y necesario que impone juicios equilibrados.

Este conflicto no tiene sus límites en lo dicho. Desde el comienzo llevo conmigo otra agonía: la estructura formal de la obra, que debe remitirse al personaje, debiera concordar con su personalidad lo más posible. Siempre procuro que mis biografías no descansen sobre el mismo esqueleto. Si aceptamos que toda vida es distinta a otra, no hay razón para vaciarlas en moldes idénticos. La reiteración la veo como una especie de fórmula representativa del inmovilismo, de pereza intelectual. Esa meta puede parecer un exceso o una presunción banal, pero es un propósito que me he impuesto tratando de ganar en originalidad. Siempre he creído que el escritor no debiera repetirse ni en los detalles formales. Puedo estar exagerando, pero me impongo cumplir esa máxima. Desde que inicio la búsqueda informativa, empieza, a la vez, el otro indispensable tanteo: las presumibles divisiones por etapas, partes y capítulos, qué mejor utilización puedo hacer de las producciones literarias del biografiado para encajarlas en el texto, cuáles fragmentos funcionarán como paratextos…

Todo ese bregar que acabo de describir es lo que llamo desangramiento, pero conforma una atmósfera que me lleva a la creatividad que yo defiendo: la biografía viva, permeada de calor humano, de energía común, que te deja ver a la persona real, el ser viviente con sus virtudes e inevitables contradicciones. No hay nada más irreal y falso que el hombre endiosado, la estatua sobre su pedestal, el huracán de adjetivos en sustitución de la verdad.

Es llamativo que en los últimos años reescribieras y reeditases en Ediciones Matanzas algunas de tus biografías. ¿Cambia tanto la percepción de una figura?

Las biografías son resultado de una investigación, lo cual presupone el empleo de información novedosa y sobre esa base, el ofrecimiento de análisis, valoraciones e ideas conclusivas; no solo acerca del biografiado, sino también sobre los acontecimientos históricos de la época. Por supuesto, la vida del personaje —una vez que muere y concluye su ciclo vital— no cambia ni en diez siglos; lo que cambia es la percepción sobre él, su significado para la posteridad. Las variaciones pueden ir de un extremo a otro, pero nunca permanecerán iguales. Pensemos, por ejemplo, en Shakespeare, Cervantes, Leonardo da Vinci o Rabelais, por citar cuatro monstruos de la cultura. Pueden haberse confeccionado muchas biografías de ellos en el transcurso de los siglos XVIII al XX. Sin embargo, el lector del siglo XXI las juzgará desactualizadas y exigirá una más moderna.

A mi juicio, por lo menos cada cincuenta años toda personalidad histórica necesita una nueva biografía. Este es un buen trecho para repensar las significaciones y pueden haber ocurrido muchas cosas en ese tiempo (que puede ser largo o corto, según quien lo mire). Las circunstancias pueden ser muchas; yo señalo únicamente algunas: 1-que hayan aparecido informaciones nuevas, cuyo valor implique desdecir cuestiones interesantes; 2- que la obra del biografiado merezca apreciaciones muy diferentes a las que se manejaron por los críticos con anterioridad; 3-que el desarrollo científico de la época requiera nuevos estudios. Todas esas condiciones conducen a la transformación del pensamiento, a nuevos enfoques biográficos. Eso se traduce en que la persona objeto de estudio ya no es la misma; por demás, ni el lector es el mismo. Nuevos tiempos demandan lecturas diferentes.

A nivel internacional la biografía está muy presente en el mercado editorial; en Cuba no ocurre así.  ¿A qué se debe esto?¿Hay una tradición de la biografía en Cuba?

Las biografías y las memorias clasifican entre los libros más demandados y leídos en el mundo. El asunto tiene a su favor una potente razón: la importancia social de las personalidades, tanto dentro del campo político como en el ámbito de la ciencia, el arte y la literatura. La inteligencia, el talento, la genialidad (para mí son tres propiedades diferentes) despiertan siempre el mayor interés del hombre que lee, su gran curiosidad por conocer los resortes biológicos y sociales que dan vida a los seres destacados en la historia humana, quienes siempre representan no solo individuos con una trayectoria particular, sino también el curso de determinados acontecimientos trascendentales.

El género quedó definido desde la antigüedad y resultó decisivo Plutarco con sus Vidas paralelas. Cuba tiene una historia al respecto, desde el siglo XIX. Menciono a Enrique Piñeyro conVida de Juan Clemente Zenea y a Pedro José Guiteras con Vidas de poetas cubanos; aunque no fueron los únicos, hasta José Martí cultivó la reseña biográfica. En el XX republicano proliferaron los biógrafos y en la Editorial Trópico se publicaron algunas de sus obras. Entre las personalidades más estudiadas están Martí, Plácido y José María Heredia; el primero con más de cinco títulos, entre los que se destaca el de Jorge Mañach. Con la Revolución se ha cultivado bastante la biografía de figuras políticas, principalmente. Algunos concursos —1ro de enero, 26 de julio, Uneac, entre otros— potenciaron ese desarrollo.

Creo que en nuestro país la biografía no ha perdido preferencia entre los lectores. Si se publican pocos textos es porque escasean los biógrafos y también ocurre que no todas las obras exhiben una calidad admisible. He sido jurado en varios certámenes y hablo con pleno conocimiento del hecho. Hay que admitir que se trata de una labor bien trabajosa y en el género no solo cuenta la escritura, sino la cuidadosa y esmerada investigación. He hablado del asunto con muchos escritores y la mayoría declina ocuparse de esa aventura intelectual por el riesgo de empantanarse en un proyecto que tiene complejas implicaciones: buceo en la prensa y en archivos documentales, viajes de exploración a distintos parajes geográficos, entrevistas y consultas con especialistas nacionales y extranjeros…

Ha habido una tendencia en el mundo también de romper con las barreras entre la literatura de ficción y no ficción. ¿Qué crees de esto?

Me parece que en eso la cultura humana vuelve a su punto de partida, a la antigüedad, cuando la épica, por ejemplo, tenía tanto de narrativa como de poesía. Entonces la lírica resultaba inconcebible sin la música. Desde luego, la creación ha evolucionado, han transcurrido muchos siglos de exploración y ensayos creadores, la búsqueda de nuevos recursos es constante. El dilema entre ficción y no ficción es discutible, queda sujeto al punto de vista que requiera cada circunstancia. Es como hablar de lo verdadero, lo legítimo, lo real. Se entra, sin pretenderlo, en los predios de la filosofía. Tradicionalmente se quiso identificar lo real con lo que existe de manera tangible, pero es que no hay derecho a apartar lo intangible, porque de hecho también existe aunque sea en la mente, en el imaginario. Es complejo el problema, pero la ficción es también una realidad y puede ser tan legítima como la otra.

Yo tomo partido abiertamente: en mis biografías me valgo de la ficción como recurso. Un ejemplo concreto: En Milanés: las cuerdas de oro incluyo fragmentos de una novela de Ramón de Palma (El cólera en La Habana) para ilustrar la presencia de José Jacinto en la capital en el momento en que la epidemia azota aquella ciudad. Las macabras escenas narradas por un contemporáneo de la tragedia me parecieron el mejor panorama descriptivo de las circunstancias y no creo que yo lo hubiese contado con más autenticidad. Otro ejemplo: en Carpentier, la otra novela, en casi todos los capítulos utilizo fragmentos de las obras carpenterianas como parte de mi discurso narrativo; desde luego, siempre lo hago con mucho cuidado y suficiente discreción, tratando de situarlos sin forzar la trama que viene desenvolviéndose, de manera que se integren con naturalidad.

Existen otros recursos ficcionales a la mano del biógrafo. Están las reconstrucciones, lo que André Maurois denominó «los mundos imaginarios»; él mismo, con ese procedimiento, recreó las experiencias personales de Goethe volcadas en Las cuitas del joven Werther. Es válido en la medida que se toman materiales auténticos para reconstruir esa realidad sin traicionar el espíritu legítimo de los hechos. Yo lo hice en Carilda Oliver Labra: la poesía como destino; relaté escenas sobre la base de cartas de amor originales y sobre testimonios ofrecidos por ella al respecto. En Milanés: las cuerdas de oro está la versión de la angustia del poeta durante el breve tiempo que trabaja en una ferretería habanera. Me propuse reconstruir ese ambiente sobre bases reales y con tal propósito revisé la prensa de 1832, procurando los productos en venta en los establecimientos similares ubicados en la calle Mercaderes. Todo lo que describo ahí es legítimo, porque responde al movimiento comercial de ese año, aun cuando nadie pueda demostrar que en el punto donde laboraba José Jacinto los despachos fueran puntualmente así. Ese es el valor de lo que se reconstruye: no garantiza la fidelidad del detalle particular, pero sí caracteriza con lealtad el sentido de lo general.

Si importante es investigar para conseguir información veraz, también lo es utilizar esas fuentes creadoramente y valerse de otras que complementan el estudio biográfico. Por ejemplo, no hay porqué invalidar las leyendas, las tradiciones orales, la propia ficción narrativa, pues de alguna manera —y sabiendo utilizarlas con inteligencia—tributan a una mejor presentación y definición del biografiado Esto hay que asumirla sin prejuicios, con todos los arsenales de la osadía, espíritu abierto y valiente —en este caso creo que sobra un adjetivo—, conciencia de responsabilidad, sin olvidar que el núcleo central de este empeño es la vida humana, algo nada simple o vulgar, sino materia compleja y de muy difícil arraigo.

Por supuesto, del éxito depende el concepto que se tenga de la biografía. La clásica definición: «historia de una vida»—frecuente en diccionarios y enciclopedias— resulta un concepto muy simple y es obsoleta en la actualidad. Sencillamente porque la descripción no basta, el lector de hoy quiere interpretaciones y especulaciones que lo impulsen a pensar, y no hablamos de nada privativo, pues así ocurre con otras manifestaciones literarias: la narrativa, por ejemplo, no es el modelo que cultivaran los autores representativos de la corriente realista del siglo XIX con sus amplias descripciones de lugares, sucesos y personajes. Los discursos autorales cambian y también sucede con los biógrafos.

A principios del siglo XX, Lytton Strachey, notable biógrafo inglés, criticaba la tendencia al panegírico y estimaba irónicamente que la tarea no rebasaba el hecho de «conmemorar a los muertos». No fue casual que se convirtiera él en uno de los renovadores del género. La tendencia a penetrar en zonas inexploradas de la vida —la sexualidad, la patología mental, el comportamiento desde el ángulo sicoanalítico— llevaron a la biografía moderna en el siglo XX a ser vista con cierto temor, a recibir negativas de colaboración por parte de los implicados. El escritor Robert Graves la veía como una rama de la actuación en manos de un intérprete poco hábil y Oscar Wilde acuñó para el biógrafo un epíteto temible: el Judas; James Joyce le atribuyó una definición muy parecida: el biogradiablo.

Pero dejando a un lado las posturas agresivas, el concepto ha evolucionado bastante en los últimos tiempos. Se admite que no se trata de una simple suma de datos, de una compilación de noticias. A la riqueza informativa hay que agregar la voluntad y el espíritu artístico literario. La biografía no es la vida misma, no la sustituye, siempre será una construcción intelectual que exige soportes estéticos, tan válidos como pueden ser los demás atributos serviciales. Émil Ludwig, popular biógrafo alemán, caracterizaba así la cuestión: «humanizar la Historia». Por otra parte, Maurois llamaba la atención sobre aspecto muy importante, la síntesis, pues si se pusiera todo lo que sucede durante la existencia de una persona, el libro tendría que resultar tan largo como la propia vida. Entonces él recomendaba apropiarse de lo esencial: «elegir sin empobrecer» era la fórmula que proponía. El éxito definitivo estriba en desarrollarla con propiedad, dominar qué debiera suprimirse y no sentir el más mínimo escrúpulo ante las necesarias eliminaciones. «Arte del renunciamiento» denominaba a este proceso uno de los más notables biógrafos del mundo en todas las épocas: Stefan Zweig, quien aseguraba que el verdadero trabajo consistía en «condensar y componer».

Criterio más contemporáneo viene a ser el de Holroyd, quien atribuye a la biografía la función de trazar conexiones entre el pasado y el presente, entre la vida y la obra del biografiado. Yo creo que el verdadero biógrafo se pasea entre el historiador y el narrador. En todas las épocas, ambos han sido investigadores cuya tarea se orienta hacia un asunto determinado y con resultados distintos a la larga. Como siempre ocurre, hay historiadores que apenas investigan, pues se concentran en divulgar o en solo analizar los procesos sobre la base de la información conocida. De la misma manera, existen narradores con una labor hecha a pura imaginación; pero es difícil creer que La guerra y la paz, de Tolstoi, o Las ilusiones perdidas, de Balzac, se escribieron únicamente a base de memoria, sin procurar o esclarecer datos. Carpentier, por ejemplo, era un gran investigador, apasionado de las pesquisas, al punto que era capaz de viajar a los escenarios geográficos de sus novelas para cazar la exactitud de los detalles.

Considero ya fuera de lugar algunos postulados de Ludwig. Ejemplo: esa fórmula tan teatral y mecánica que acuñó: «El investigador encuentra, el novelista inventa, el biógrafo siente». Hoy sería más inteligente referirse al porcentaje de cada cual con respecto a dichas acciones, el modo y la parcela concreta en que se manifiestan estas cualidades dentro de cada disciplina. Otra afirmación suya que me parece excéntrica: «El talento poético tanto puede perjudicar al historiador como favorecerle». No creo que la poesía entrañe disfavor para nadie. Lo que daña mucho es la mediocridad profesional. El biógrafo está obligado a saber pulsar sus armas. Entre las cuestiones metodológicas imprescindibles sobresale conocer las fuentes básicas para su trabajo, cuáles resultan más útiles de acuerdo con el grado de confiabilidad. Y tener en cuenta una idea de Maurois sobre el biografiado que a mí me parece muy interesante: «El héroe es siempre más grande que el biógrafo».

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